Volvemos al callejón gastronómico de Madrid, volvemos a Nuga Castellana. De cuyas entradas varias apenas te percatas cuando pasas por ahí, cuyo interior sorprende por ser un oasis en mitad de una de las avenidas más frecuentadas por los madrileños y, por ende, más ruidosas. En Nuga todo cambia, desacelera, invita a relajarse, disfrutar del espacio y si ya probamos la buenamesa de Vrro, esta vez cambiamos de acento, que no de lugar, y nos desplazamos unos metros hasta Ditaly. A la altura del espacio que lo alberga.
Porque su carta es variada y bien surtida, porque las
focaccias como la que pedimos de albóndigas de la abuela y parmesano son la
perfecta apertura, amén de una ración de gildas bien cargada y un carpaccio
ligero y exquisito, para lo que espera después. Por cierto, ojo a los precios,
nos hartamos de decir, pero insistiremos siempre, que hay rincones en Madrid de
extraordinaria calidad, perfecta atmósfera y muy buen precio, éste es un
ejemplo. En algunas referencias incluso más económicos que platos de las cartas
de ciertas cadenas de calidad medio
baja.
Sorprendidos por la cantidad y calidad de los entrantes,
exploramos los principales. Los ravioli (raviolone dado su tamaño) rellenos de
ragú son tan sabrosos que dudarás entre compartir tu felicidad o quedártelos
todos para ti. Comanda obligada. Los penne carbonara repiten, como todo aquí,
en cantidad y además resuelven con nota para los que amamos esta presentación
pero es que la masa de la pizza recuerda, nuevamente me agarro a las cadenas, a
alguna de ellas por su carácter adictivo, pero depurando notablemente el
producto hasta alcanzar una textura y sabor sublimes al paladar. La nuestra fue
la de torreznos pero nos quedamos con ganas de la de trufa.
En el capítulo de postres, cuando uno cree que todo está
visto y vendido, descubre una tarta de queso deliciosa, a la altura de las
grandes de Madrid.
Todo ello rodeado de la atmósfera y sensaciones que sólo
Nuga Castellana sabe transmitir.
Jesús Clemente Rubio