martes, 19 de agosto de 2014

La Escuela de los Vicios: El teatro nos muestra cuánta razón tenía Quevedo

Apenas levantaba un palmo del suelo y tan echado "pa´lante" era que por atrevimiento me llamaban descarado y si callaba, tímido. Ahí descubrí el empeño humano de no estar a gusto con nada y siempre dispuesto a criticarlo todo y todas nuestras actitudes. De eso hace ya unos cuantos años, muchos menos sin embargo de los que han pasado desde que Quevedo criticase duramente a magistrados, ministros, banqueros hasta llegar a cada uno de nosotros: la sociedad y sus máscaras. Su atemporalidad queda patente en que cada escrito suyo bien podría aplicarse -desgraciadamente- a nuestros días, con hipocresías, cinismos y corruptelas por doquier. Por eso y por una interpretación en la que los actores valen casi tanto por dicho papel como por un cerebro privilegiado para memorizar tamaños textos poéticos "La Escuela de los Vicios" es una de las mejores obras de la presente época estival. 

Mayte Bona encarna a un diablo dispuesto a demostrar
cómo todos robamos y engañamos.
Si además el teatro, el Nuevo Apolo, acompaña proporcionando un marco de incomparable belleza y excelente acústica, cualquiera apostaría por un éxito de taquilla asegurado. Desgraciadamente, estamos en la España que tan duramente atacó el escritor madrileño, y "La Escuela de los Vicios" es el pan nuestro de cada día y, entre todos ellos, no destaca el de acudir en tromba a los teatros. Puede que la hora de la sesión influya -11 de la noche- pero no es excusa para faltar a una de las referencias de nuestras letrasbordada por Mayte Bona, en el papel de diablo que acoge en su particular escuela a los necios Francisco Negro y Felipe Santiago, a quienes instruirá en las artes del engaño, la falsedad y el hurto. A su vez, los dos primeros se encargan de vestuario y dirección, respectivamente. Vamos, un trío fuera de serie encima y detrás de los escenarios cuya recompensa fue, al menos en nuestro día, un auditorio semivacío que, merecidamente, se llenó de aplausos al término de la función.



Los dos "alumnos" aprenderán que, en la vida, la
verdad es muy diferente de la apariencia.
Así pues, y tras uno de los muchos tirones de oreja que he dado y daré en estas páginas al gusto y asistencia madrileños a las artes escénicas, volvamos a la obra. Con permiso del todopoderoso Cervantes y el inigualable brillo de Góngora -"archienemigo", por otro lado, de Quevedo- los escritos del también maestro esgrimidor son el credo de nuestra literatura. Sobre gustos no hay nada escrito, salvo aquello que salió de la pluma de Quevedo. Sonetos dinámicos, coloridos, rápidos, afilados, mordaces... tanto que el talento interpretativo y la plausible memoria de los actores llevan al espectador a pedir en determinados momentos tregua para asimilar todo lo oído, degustarlo tal y como fue concebido y, por qué no, aprender de ello. Nada negativo, es más bien que como ciertos pasajes -las recreaciones para asentar el conocimiento- se toman su tiempo para inculcarnos la enseñanza, uno añora en otros idéntica dosificación para poder llevárselo todo a casa. Es un placer escuchar semejantes forma y contenido de boca de tres pedazo de artistas, más aún ese pequeño respiro para aplicárnoslo e interiorizarlo. Lo que sí se podría evitar es caer en los últimos minutos en la crítica fácil al "nuestros días" pues con el resto del espectáculo basta para hacerlo nuestro. Pero son un puñado de segundos que no empañan el conjunto.
Sobre el cómo influenciar en las masas y parecer honrado habrá un capítulo tan extenso
como el dedicado al poder del dinero 'poderoso caballero es...'

La puesta en escena, por tanto, es soberbia y, de nuevo, de quitarse el sombrero ante semejante repertorio ejecutado sin incorrección alguna. Cuestión aparte es el innecesario alargamiento de ciertos "mensajes" y moralejas, más que claros con menos palabras. Pero aún así, disfruten, pues lo bueno de la cantidad es que si la primera se perdió en el camino la segunda no lo hará; más el más avispado todas ellas captará.

¿Acaso alguien no se pone de vez en cuando
una máscara?
Con el mejor texto posible en boca de, quizá, los artistas idóneos para cada papel, la obra supone uno de los mejores acercamientos a Quevedo fuera de los libros. Y, de paso, un buen rapapolvo a la sociedad de entonces, que es la de ahora, sólo que con máscaras más grandes y mejor hechas que aquellas, pues -parafraseando al autor- con luces, cámaras y periódicos dirigidos la mentira se abriga más y mejor y el mentiroso, aunque pillado, es premiado.

otiuMMaximus

- Textos soberbios y bien seleccionados para transmitir un boceto de lo que fue Quevedo.
- Mayte Bona, Francisco Negro y Felipe Santiago son artistas consumados y cerebros privilegiados.
- Id al teatro, no a los eventos que tienen lugar en un teatro; sino al teatro que, por tamaña interpretación, se convierte en todo un evento.

otiuMMenester

-¿Dónde? Teatro Nuevo Apolo. Plaza de Tirso de Molina, 1. http://summummusic.com/cartelera/
-¿Cuándo? V a las 23 horas, S a las 22:30 y D a las 21 horas. Hasta el 31 de agosto.
-¿Cómo? En calles colindantes encontrarás múltiples opciones para aparcar. En Metro, L1 (Tirso de Molina).
-¿Cuánto? Ahora promoción del 30% en Atrapalo. Desde 15,40 euros.


Jesús Clemente Rubio