martes, 15 de julio de 2014

Mundial Brasil 2014: Del campeón que se fue corriendo, el anfitrión que quedó llorando y quien llegó a la final andando.

alemania-vence-argentina-messi-andandoTermina el Mundial Brasil 2014, opina el mundo. Parecía que todos esperaban el pitido final para escribir ríos de reproches y malas palabras, aguardando a una siguiente ronda que limpiase la imagen de la anterior y que nunca llegó. Hemos asistido al Mundial al revés; en el país de la samba, el color y la alegría, ganaron los mas serios, los del cielo y carácter gris. No hubo fútbol ni en las calles, repletas de disturbios y protestas, ni en los estadios, con el balón parado en la pizarra de todos los seleccionadores. Confundieron los banquillos el respeto al rival con la cobardía y hasta un jugador la valentía con morder -literal- al enemigo. 

Uno de los mundiales más largos de la historia, amén de un buen puñado de prórrogas y penaltis donde sobresalieron las verdaderas figuras del campeonato: los porteros. Cuando todos los 
ojos están puestos en uno de los 11 jugadores en cada resumen de cada partido, algo falla.
Y si, como en nuestro caso, el foco de toda atención ha estado en tela de juicio la pasada temporada y encima "canta", lo más lógico es que los campeones tuviésemos tanta prisa por marcharnos como el anfitrión por despedirlo. 


Aprendió Brasil que para ganar un mundial no basta con desear el mal a otros, ni siquiera el bien para uno mismo: hace falta arrojo, entrega, colocación y un sistema coherente e implantado: sorpréndanse de que para ganar un Mundial de fútbol... hace falta fútbol. Los Thiago, Neymar, Julio César y compañía se van con cuenta atrás; cayéndoles 7, soñando con sumar 6 copas y quedándose en 5 y siendo los número 4 del mundo o, mejor dicho, los 29º menos malos. 

Volviendo a nuestros otrora héroes, hablaba de que nos traicionaron las prisas por el "suma y sigue" y quizá el empacho; por más glotón que uno sea, el cuerpo siempre dice basta. Por eso es mejor tomarse las cosas relajadas, como hizo el crack y balón de oro del Mundial: andando y en plácido paseo se llega hasta la final, vómitos mediante. Si así se es mínimo subcampeón, ser segundón es menos duro de lo que creía.

Hemos asistido al Mundial al revés; el pez pequeño por fin se comió al grande. Lo malo es que sólo los grandes podían evitar que su mar de fútbol se convirtiera en el pantano cenagoso que finalmente quedó. Ha parecido más bien una tanda de amistosos en la que sólo un partido fue comentado más allá de los guardametas y por la disputa y buen juego: Inglaterra e Italia. Los dos a casa en la primera ronda.
Los 7 "soles" de semifinales no pudieron despejar las nubes que amenazaron con penaltis en la final, evitados gracias a un soplo de aire fresco de Gotze. Me reía escuchando a los comentaristas que se jactaban de lo poco que había hecho el joven alemán en el resto del campeonato. Tampoco ha sido el mejor torneo de Alemania. Pero benditas letras que nos recuerdan que poco siempre es más que nada.

Se oían llantos y lamentos porque Don Alfredo se perdería quizá a su querida Argentina levantar otra Copa del Mundo. ¡Cómo se va a perder algo un hombre que todo lo ha visto! Y sin embargo, Di Stéfano no habría dado crédito a semejante fútbol de líneas retrasadas, lenta pelota y poco gol. "Decime qué se siente Brasil" pues nosotros no hemos sentido nada. El Mundial del fu ni fa, de la parsimonia, del sosiego, del dejar los minutos pasar en lugar de devorarlos entre jugadas, toque y goles. 


Y como una vez escuché de un gran amigo, si el arte no despierta emoción, no es arte, es otra cosa. El único arte que se vio en el Mundial fue la imagen del Cristo Corcovado, maldiciendo su pétrea fisonomía que le impedía taparse los ojos ante un espectáculo una vez llamado fútbol y venido a circo de "22 tíos en calzoncillos corriendo andando detrás de un balón". 

Jesús Clemente Rubio