miércoles, 9 de abril de 2014

Reflexión: San Vito te espera arriba

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Pertenezco a una generación que apenas levantaba un palmo del suelo y ya sabía lo que era una "carrerilla de los piojos", un súplex, un DDT (qué grande también Snake Roberts) pero por encima de todos, brillaron dos: Hulk Hogan y el Último Guerrero. Ayer se apagó el brillo del segundo: The Ultimate Warrior -mal traducido en España, pues en realidad sería el Guerrero Definitivo"- murió a los 54 años y, con él, se va también un pedazo de nuestra infancia. Son éstas las ocasiones en las que la vida te grita ¡oye, que pasa el tiempo, y si quienes idolatrabas mueren... es porque ya no eres tan pequeño! 


Ya de infante mi madre nos explicó a mis hermanos y a mí que todo era una recreación, que los golpes no eran reales aunque sí estaban perfectamente coordinados para ofrecer espectáculo, que los que se odiaban entre sí eran los personajes no los luchadores y, claro, uno acepta esa lista de verdades hasta que se percata de que la cuenta hasta tres también era parte de la actuación.
'El Desafío Definitivo' dio nombre al combate entre Hulk Hogan y El Último Guerrero donde éste,
por primera vez en la historia, aunó los dos títulos que existían de lucha libre. Tenía 30 años.

Entonces te das cuenta de que siempre ganarán los mismos, de que el bestia de bigote y pelo rubios y camiseta amarilla siempre resultaría vencedor debido a su popularidad y que nadie le arrancaría el cinturón de la WWF. Hasta que apareció él. Con una música del heavy ochentero más clásico acompañándole hasta el ring, maquillaje en forma de murciélago ocultando su rostro a lo indio y, como tal, greñas cardadas tipo "Europe". Sin olvidar la enorme altura, anchura y muscultura: ciertamente estábamos ante "El Guerrero Definitivo" (insisto, es ésta la traducción correcta). Y poco a poco se hizo un hueco en la pequeña pantalla y en las casas de todos: en el colegio cada vez se veían menos muñecos de "Ted Dibiase (El Hombre del Millón de Dólares), Jimmy "Estaca" Dugan o el Marinero Tarugo; aquellos ring caseros en los que jugabas con tus ídolos se vaciaron de tan variopintos personajes y empezaron a acoger a ese tío maquillado y con calzón fosforito y flecos colgantes. Su ascenso era tan imparable que protagonizó el combate más memorable del siglo, qué digo, de toda la Historia del Pressing Catch: The Ultimate Warrior vs. Hulk Hogan. 
Nada era más temible que
'El Baile de San Vito'.

Con el maquillaje corrido y tras varios de sus espectaculares vuelos, el indio se impuso al rubito. El cinturón cambió de manos y allí nació una hermosa amistad. Eso en el ring. En cada casa, en la mente de cada niño, se reafirmaban tres valores: el de la citada amistad, el de la constancia y el de la superación. Y ese día todos bailamos, y desde entonces repetimos esa danza ante cualquier adversidad: porque nada, ni nadie, puede con EL BAILE DE SAN VITO.

(Sobre que el origen del nombre se refiere a una danza asociada a una enfermedad producida por hongos alucinógenos, mejor hablo en otro momento, no vaya a romper la magia).